domingo, 3 de febrero de 2013

EL PAÍS DONDE LOS INOCENTES CONFIESAN SER CULPABLES
¿PRESIÓN, MALTRATO, CULTURA, RESPETO A SUS FAMILIAS? VARIOS EXPERTOS INTENTAN ENCONTRAR LAS RAZONES QUE EXPLICAN POR QUÉ LA TASA DE CONDENAS EN JAPÓN SUPERA EL 99%
“Voy a atacar una escuela primaria y voy a matar a todos los niños antes del verano”. La amenaza publicada en el sitio web de la ciudad de Yokohama en junio y otras que aparecieron en internet en los meses siguientes, ponían en peligro a famosos escolares, entre ellos, los nietos del Emperador.
Tras una investigación policial, cuatro personas fueron detenidas. Dos de ellas, incluyendo un estudiante de 19 años de edad, confesaron su culpabilidad.
Sin embargo, el 9 de octubre, el verdadero autor envió un correo electrónico al abogado Yoji Ochiai y a medios locales, explicando cómo realizó esas amenazas a través de computadoras de internautas inocentes, con la ayuda de un virus.
Su propósito, como se indica en el correo electrónico para Ochiai, era “exponer las aberraciones de la policía y los fiscales”.
En cierto modo, lo hizo. Y, además, planteó las preguntas de por qué la gente inocente confiesa un crimen que no cometió y a qué tipo de presión es sometida.
“Aunque me sorprendió haber recibido el correo electrónico”, dice Ochiai, “no me sorprendió que la gente inocente confesara”.
“ME RENDÍ Y CONFESÉ”
Aunque Japón tiene una tasa de condena de más del 99%, en los últimos meses ha habido protestas por una serie de arrestos injustos en los que los sospechosos han confesado ser culpables de crímenes que no cometieron.
“A diferencia de otros casos, estas amenazas cibernéticas afectaron a personas comunes y corrientes que estaban usando internet, lo que elevó el temor de que podría pasarle a cualquiera”, explica Ochiai.
Cuando el abogado publicó el correo electrónico en su cuenta de Twitter y en su blog, recibió cientos de respuestas del público: la mayoría criticaba mucho más a la policía que al autor del fraude.
Shoji Sakurai pasó 29 años en la cárcel por un robo y un asesinato que no cometió. Necesitó otros 15 años para ganar un veredicto de inocente en su segundo juicio el año pasado.
“Yo era un joven rebelde y la policía japonesa va tras las personas con antecedentes penales. Mi amigo Sugiyama y yo nos convertimos en los principales sospechosos del asesinato”.
Cuando fue detenido, con tan sólo 20 años, fue tratado como un criminal culpable, asegura.
“Me interrogaron día y noche, pidiéndome que confesara. Tras cinco días, ya sin fuerza mental, me rendí y confesé”. “Puede que esto sea difícil de entender para la gente”.
MALTRATO
Sakurai asegura que quienes lo interrogaron no eran agresivos. Sin embargo, ha habido casos en los que la policía o los fiscales han sido acusados de maltratar a los sospechosos.
Hiroshi Ichikawa fue fiscal durante casi 13 años, hasta que perdió su trabajo por haber amenazado con matar a un sospechoso durante un interrogatorio.
“No estoy tratando de excusar mi comportamiento diciendo que los demás hicieron lo mismo, pero no me considero un monstruo por haber amenazado de muerte a un sospechoso”, señala.
“He escuchado a otros fiscales gritarles a sospechosos. Uno de mis jefes se enorgullece al relatar cómo pateó la pantorrilla de un interrogado por debajo de la mesa”.
Una cosa que lamenta es haber redactado una confesión que no se correspondía con la verdad.
“Después de cuestionar a un hombre durante ocho horas, conseguí que firmara una declaración que no era suya. Él no dijo ni una sola palabra de lo que estaba escrito allí”, relata. “Mi jefe me estaba presionando para que consiguiera su confesión, pensé que no podía regresar a casa sin ella”.
El hecho de que ahora Ichikawa haya perdido su trabajo sugiere que los reglamentos que rigen los interrogatorios están funcionando.
RESTRICCIONES PARA INVESTIGAR
Aunque la policía japonesa y los fiscales no han sido acusados de recurrir a formas más agresivas de interrogatorios, como la tortura, nadie fuera de la sala de entrevistas sabe realmente qué es lo que sucede en el interior. Todo ocurre a puerta cerrada, sin la presencia de un abogado.
Entonces, ¿por qué el sistema de justicia japonés valora tanto las confesiones?
“Son las reinas de la evidencia. Si se consigue que alguien confiese un delito, el tribunal lo encontrará culpable”, afirma Jeff Kingston de la Universidad de Temple en Tokio.
“También se les considera una oportunidad para que (el acusado) pueda aliviarse de su culpa y se arrepienta por sus crímenes”.
Si el sospechoso se arrepiente durante los interrogatorios, los fiscales ofrecen una sentencia menor, según lo explica el profesor Kingston.
Yoshiki Kobayashi, quien trabajó como detective de la Policía Nacional durante 25 años, cree que el énfasis en las confesiones también se debe a la limitaciones que poseen para investigar.
“La policía de otros países puede realizar operaciones encubiertas e incluso grabar llamadas telefónicas. En Japón, no se permiten estos poderes y por ello lo único que podemos hacer es creer en las confesiones”.
Su limitado poder tiene razones históricas. Antes de la Segunda Guerra Mundial, dice Kobayashi, la policía abusó de sus poderes y por ello -cuando terminó la guerra- la gente exigió que los perdieran.
Pero, ¿qué es lo que hace que los japoneses sospechosos estén dispuestos a confesar, incluso crímenes que no cometieron?
El abogado Yoji Ochiai piensa que la psique japonesa tiene algo que ver.
CAMBIOS EN EL SISTEMA
“Tradicionalmente la gente piensa que no debe rebelarse ante las autoridades, por lo que los delincuentes confiesan muy fácilmente”, dice Ochiai.
“Pero en el siglo XXI, más personas -culpables o no- están ejerciendo sus derechos y no simplemente obedecen y confiesan”.
El énfasis que la sociedad japonesa coloca en la vergüenza y en la consideración hacia la familia también juega un papel importante.
Sakurai asegura que le dijeron que su madre quería que confesara. Aunque él lo duda, nunca pudo preguntárselo porque su madre falleció antes de que él fuese liberado.
El padre del estudiante de 19 años que confesó haber llevado a cabo la amenaza cibernética el pasado mes junio, dijo en una declaración a los medios de comunicación que la consideración hacia la familia fue lo que motivó a su hijo a “tergiversar la realidad y confesar”.
Incluso si las personas que han sido injustamente condenadas logran demostrar su inocencia, recibir una disculpa oficial es casi imposible.
Sakurai recibió un monto de US$148 por cada día que estuvo detenido. Sin embargo, ahora está demandando al Estado y buscando una mayor compensación.
“El dinero no me molesta y ni siquiera espero una disculpa. Lo que deseo es cambiar el sistema que permite a la policía, los fiscales y los jueces condenar a gente inocente y salirse con la suya”.
Algunos cambios en el sistema ya están ocurriendo: a partir de julio, algunas partes de las entrevistas de los sospechosos se han grabado, aunque exigen que se registre la totalidad de las entrevistas.
Durante muchas décadas, el sistema de justicia criminal de Japón ha tenido una imagen casi inmaculada. Además de una tasa de condenas de más del 99%, sólo el 1,4% de las personas reportaron ser víctimas de asaltos, según las últimas cifras anuales de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OCDE), una cifra inferior a la media (4%).
El Ministerio de Justicia asegura que la mayoría de las confesiones son verdaderas y desempeñan un papel importante en la condena de los criminales. Cuando se le pregunta a la gente en la calle si todavía confían en la policía, aproximadamente siete de cada 10 dice que sí.
Sin embargo, el comunicado emitido por el padre del estudiante detenido injustamente por las amenazas cibernéticas condena el sistema, por decir lo menos.
“Se supone que la policía debe proteger a la gente. Es inaceptable que arresten y acusen a un ciudadano inocente, un niño, debido a investigaciones negligentes”, escribió.
“Es demasiado duro pensar en lo que pasaba por su mente al momento de la confesión, cómo deseaba encontrar pruebas de su inocencia y terminó dándose por vencido”.
“Lo más triste es que como padre incluso dudé de su inocencia”.
Mientras tanto, el autor de las amenazas cibernéticas aún no ha sido capturado.

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